domingo, 3 de noviembre de 2013

Fructosa: un mundo nada "light"


El azúcar es adictivo, se le relaciona abierta y directamente -como ya hemos visto en artículos anteriores- con el cáncer y la diabetes y, para más "INRI", se oculta en los mal llamados "productos saludables y/o dietéticos". Tremendo.

Hoy por hoy, de acuerdo con estudios realizados en Europa, nuestra sociedad ingiere en azúcares el equivalente a  entre 20 y 34 cucharadas. O dicho de otro modo, unos 120/140 gramos por cabeza, niños incluidos. Y se trata de estudios muy, muy conservadores, porque los más abiertos y radicales nos dan unas cifras infinitamente más catastróficas.

Pero quienes me leen se preguntarán "¿y que se puede contar de nuevo sobre el tema... que no sepamos ya y que nos vaya a convencer para salir de la "adicción blanca"? Mi respuesta: sigan leyendo...

La mayor parte del azúcar que se consume no proviene del sobrecito de la cafetería, ni del cacharrito que hay en la cocina, ni de ningún sitio tan evidente como los mencionados. No. El mayor porcentaje de veneno blanco ingerido proviene de los alimentos procesados tales como las salsas preparadas, los cereales del desayuno, los yogures, los preparados para ensaladas y similares, el ketchup, o las bebidas "light". Total nada. El enemigo en casa... y por todas partes.

Sin embargo, a día de hoy, cada vez aparecen más y más científicos cuyos estudios demuestran que no es la grasa sino el azúcar -y en particular la fructosa, que constituye la mitad de lo consumido- lo que está provocando el inmenso problema de la dieta occidental. No solamente engorda, sino que está unida -comprobado científicamente- con la Diabetes tipo 2, la hipertensión, el cáncer de vejiga, el detrimento de las funciones cognitivas, el envejecimiento de nuestra piel, la depresión del sistema inmunológico y los problemas renales. Vamos bien...


Un estudio reciente de la Universidad de Yale ha señalado al azúcar como el causante de importantes daños hepáticos -incluso aunque no exista obesidad-, derivados del hecho de que ella misma nos hace seguirla consumiendo, en tanto en cuanto que no "enciende" el sistema de control del apetito.

Hay más. Hace exactamente 15 días, un informe de la prestigiosa Credit Suisse sugirió que el 80% de los médicos ya relacionan directamente el consumo de azúcar con la obesidad y la Diabetes tipo 2. De hecho existen más de 3.500 publicaciones y estudios científicos -disponibles para cualquiera- apoyando esta teoría.

Y todavía más: la Organización Mundial de la Salud va a revisar su recomendación de que el 10% de nuestra ingesta calórica diaria haya que proceder del azúcar, si bien es cierto que quizá esta decisión no llegue a tomarse debido a las presiones de dimensiones bíblicas que le llegarán al organismo por parte de la Industria Alimentaria y sus contactos con los científicos vendidos a comités relacionados con Salud y Nutrición, dependientes de los diferentes gobiernos (sobre todo, claro está, occidentales -sin excluir a la "capitalistamunista" China-). Iremos viendo.

En realidad el cambio deber proceder de la base de la sociedad con, por ejemplo, ciudadanos abandonando el azúcar (no entro aquí en más cosas que tendrían que dejar) y presionando para que tanto gobiernos como fabricantes reduzcan -para empezar- el contenido en azúcar, tal y como ya está sucediendo en Australia. Allí, por ley, se revisa y obliga a moderar y/o eliminar el contenido en azúcar de los alimentos procesados, además de informar sobre ello.

Como resultado del proceso que ha llevado a un aumento de más del 40% en el consumo de azúcar desde los años 60 en la mayoría de los países occidentales, el ciudadano "captado" por el azúcar suele pesar, como promedio, un 6% más de lo que debiera, con notables cambios de humor y letargia.

Este aumento en el consumo viene apoyado, como ya hemos apuntado al principio, por las propias "comidas saludables" del estilo de los cereales para desayunar -por ejemplo-. Algunos de estos productos, aparentemente amigos de nuestro organismo, llegan a contener el equivalente a 16 cucharadas de azúcar -por no hablar del resto de aditivos presentes, como colorantes y similares, sobre todo en los destinados al consumidor infantil-. Incluso algunas marcas logran estar apoyadas por asociaciones y fundaciones de carácter sanitario o cercano a estas.
Las famosas barritas de cereales no son sino un cúmulo brutal de azúcares añadidos, a las cuales les podemos sumar las bebidas estilo colas y energéticas. Las salsas barbacoa y compañía son mitad azúcar y mitad grasa -no siempre de la óptima-, mientras que las mayonesas para "dieta" y/o "adelgazamiento" cuentan hasta con un 22% de contenido en azúcar... y hay personas que consumen todo bajo capas y capas de estas salsas.

Pero vamos más allá.

Además de descubrir que los propios alimentos saludables y aliados de la causa "light" no son sino absolutos agresores de nuestro organismo, intentar abandonar su consumo, esto es, el azúcar... se vuelve complicado, máxime cuando el proceso comienza con un genuino "síndrome de abstinencia". Como suena.

Algunos de los síntomas por los que los consumidores azucareros pasan son, entre otros:

  • prolongados dolores de cabeza -zona frontal-
  • ascenso de la temperatura durante los primeros días -como si se tratase de gripe-
  • aparición de depresión
  • deseo irrefrenable de ingerir cualquier cosa dulce o beber litros de refrescos azucarados
  • cambios de humor...

Todo este cuadro puede abarcar un período de que va desde varias semanas a varios meses -dependiendo siempre del grado de "enganche"- y como curiosidad decir que, debido a su fisiología -según parece-, las mujeres sufren de un modo más acentuado este síndrome de abstinencia.

Una vez que se ha sobrepasado la fase de "retirada", todo se vuelve más fácil. La comida recupera su verdadero y completo sabor en nuestro paladar, mientras que el deseo por consumir las famosas bebidas se transforma en rechazo. El peso desciende a razón de algo más de 1 Kg por semana, sin gimnasios ni ejercicios específicos y sin introducir más cambios en nuestras vidas. El olfato vuelve y se hace mucho más agudo en lo que a aromas dulces respecta.

Si ya es malo el azúcar blanquilla o sacarosa -recordemos su composición de glucosa y fructosa-, este segundo "amigo" de la ecuación que muchas veces se emplea como sustitutivo, procedente de frutas y vegetales, la fructosa, no le va a la zaga pues, a diferencia de la primera, ésta se envía directamente al hígado y es procesada como grasa. Además, recientes estudios de la Universidad de Yale han demostrado que la fructosa interfiere con la hormona leptina, que es la que regula nuestro apetito y, como consecuencia, no activa la zona de nuestro cerebro que nos dice cuándo parar de comer porque estamos "llenos".
La fructosa resulta "invisible" a ojos de los sistemas de control del apetito, con lo cual podemos concluir que si una gran parte de lo que consumimos ni siquiera se registra, una caloría no será sólo una caloría. Si bebemos una vaso de cola o un vaso de leche con el mismo número de calorías, nos sentiremos más llenos con el segundo debido a que nuestro cuerpo recuenta las calorías de su grasa y lactosa, mientras que sólo lo hace con la mitad de las presentes en el refresco -lo cual nos lleva a seguir consumiendo más y más-.

La fructosa no constituye ninguna ayuda, sino todo lo contrario: cuando la ingerimos -como ya hemos visto- es tratada como grasa por el hígado y, además, al tener que ser metabolizada por éste -por contra a la glucosa-, su descomposición es muy lenta. Esto que puede parecer óptimo no es sino una trampa muy peligrosa, pues nuestro cuerpo -que, recordemos, no la ha logrado identificar- seguirá metabolizando gran parte del resto de nuestra comida en glucosa, a la cual se añadirá la procedente de la fructosa, que lo hará sin prisa pero sin pausa... y todo ello lleva a elevar durante mucho tiempo el nivel total de glucosa en sangre y, por tanto, el sobre esfuerzo al que sometemos al páncreas es... surrealista.


¿El proceso? "Cuando la fructosa llega al hígado, éste detiene su actividad habitual para dedicarse en exclusiva a la metabolización de la fructosa. Ello causa un cese en la actividad digestiva habitual del organismo, llevando a niveles más elevados de ghrelina  (hormona sintetizada en el estómago que estimula la secreción de la hormona del crecimiento) en sangre y reduciendo los niveles de insulina y leptina. Como la insulina y la leptina inhiben el apetito y la ghrelina lo incrementa, la ingesta de fructosa no sacia el apetito y el individuo se ve forzado a ingerir más alimentos, en muchos casos conteniendo también fructosa. De esta forma, la fructosa se ha ligado a la obesidad" (William J. Whelan, D.Sc., FRS. Professor, Department of Biochemistry and Molecular Biology)
Y no olvidemos que el proceso de metabolización de la fructosa lleva a la aparición de ácido úrico, responsable de la gota... Súmen y sigan. Malo, intrínsecamente malo, pero es que encima se les recomienda a los pacientes diabéticos... Increíble.

Muchos científicos y médicos admiten ya abiertamente el poder adictivo del azúcar -de ahí los síntomas del síndrome de abstinencia-, y la fructosa provoca unos efectos en el centro de "recompensa" cerebral similares a los del alcohol, de tal modo que obliga al consumidor a continuar con su ingestión para poder seguir reproduciendo dichos efectos.

Investigadores de la Universidad de Princeton han demostrado mediante experimentación con ratas que una solución de azúcar al 10% -aproximadamente lo que contiene un refresco- puede ser tan adictiva como la heroína o el crack, pues conduce a una tremenda descarga de dopamina en el cerebro.

Algunas voces siguen afirmando con desesperación que todos necesitamos ciertas cantidades de azúcar en nuestra dieta, lo cual es radicalmente falso. No es más que otra programación por parte de las partes interesadas en que el mercado prosiga su brutal camino. Se puede vivir perfectamente sin ingerir este "veneno blanco".
Es cierto que nuestro cerebro necesita glucosa para funcionar, pero su origen no tiene por qué ser el azúcar. Nuestro cuerpo convierte prácticamente cualquier cosa que ingerimos en glucosa. Así de sencillo. Bioquímica pura y dura. Las únicas personas que podrían necesitar azúcar serían -por razones obvias- los corredores de maratón o deportistas entregados a ejercicios intensísimos y demoledores por su desgaste. Y no siempre.

Resumiendo...

Solamente con unos pequeños reajustes en nuestras costumbres alimentarias podemos encontrar formas alternativas de nutrirnos, sabedores de las consecuencias de no hacerlo... pero sin abrazar a ciegas el mundo "light" o "saludable", plagado de engaños y trampas. Atentos.


Bibliografía y fuentes:

  • Forristal, Linda (Otoño de 2001). "The Murky World of High-Fructose Corn Syrup"
  • Teff, KL; Elliott SS, Tschöp M, Kieffer TJ, Rader D, Heiman M, Townsend RR, Keim NL, D'Alessio D, Havel PJ (Junio de 2004). "Dietary fructose reduces circulating insulin and leptin, attenuates postprandial suppression of ghrelin, and increases triglycerides in women".
  • Levi, B; Werman MJ (1998). El texto completo: "Long-term fructose consumption accelerates glycation and several age-related variables in male rats
  • Melanson, K. y varios autores (2006). "Eating Rate and Satiation.". Obesity Society (NAASO) 2006 Annual Meeting, October 20–24,Hynes Convention Center, Boston, Massachusetts.
  • Procesos metabólicos de la fructosa y funcionamiento hepático, William J. Whelan, D.Sc., Escuela Miller de Medicina
  • "Study suggests effect of fructose on brain may promote overeating", University of Yale (2013)

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