viernes, 8 de noviembre de 2013

Prohibir las Grasas "Trans"


Ya lo comentábamos en el pasado artículo:
EEUU propone prohibir las grasas 'trans' artificiales de los alimentos



  • Han demostrado ser un importante desencadenante de enfermedades cardiovasculares
  • Las empresas que quieran usarlas tendrán que demostrar científicamente que son seguras
  • Es una propuesta de la FDA, la agencia que regula la normativa sanitaria en el país



La Agencia Estadounidense del Medicamento (FDA, según sus siglas en inglés) ha propuesto este jueves una serie de medidas con el objetivo de eliminar las grasas 'trans' artificiales presentes en muchos alimentos procesados. Se trata, recuerdan los expertos, de una sustancia que favorece la obstrucción arterial y es un importante desencadenante de enfermedades cardiovasculares.
De acuerdo a la propuesta, que está abierta a sugerencias del público durante los próximos 60 días, la cantidad de aceites parcialmente hidrogenados no debería ser superior a la que "generalmente se reconoce como segura", una categoría legal que permite el uso de la sal y la cafeína, por ejemplo. Esto significa que las empresas que quieran incorporar estos ingredientes a sus productos tendrían que demostrar científicamente que son seguros, una difícil tarea, ya que la literatura científica demuestra claramente lo contrario. De hecho, el Instituto de Medicina ya ha advertido que no existe un nivel seguro para el consumo de grasas trans artificiales.
Medidas como ésta, augura Margaret A. Hamburg, comisionada de la FDA, podría prevenir 20.000 infartos y 7.000 muertes por enfermedades coronarias cada año.
Una batalla contra las trans que los defensores de la salud pública iniciaron hace tres décadas, cuando el uso de este tipo de grasas manipuladas de forma artificial se hizo tan popular la cocina de los restaurantes. Las grasas 'trans' se obtienen al someter a ciertas grasas vegetales a un proceso llamado hidrogenación. El resultado: unas grasas y aceites de fritura que mejoran la consistencia, sabor y durabilidad de numerosos alimentos, pero que han demostrado ser más nocivos, incluso, que las clásicas grasas saturadas.
La ciencia ha constatado que es peor que cualquier otra grasa para la salud, porque aumentan los niveles del llamado colesterol malo y pueden disminuir los del colesterol bueno. En 2006 entró en vigor una normativa de la FDA que obligaba a describir en las etiquetas de los alimentos la presencia de las grasas 'trans' artificiales, una medida que llevó a muchos productores a eliminar dicha sustancia de sus productos.
Un año antes, la ciudad de Nueva York vetó el uso de las grasas 'trans' artificiales a los restaurantes. Grandes cadenas, como McDonalds, han encontrado sustitutos a las 'trans' y, por lo tanto, las han eliminado. Estas acciones han dado lugar a notables avances en la salud pública: la ingesta de este tipo de grasas han disminuido en EEUU a un gramo al día en 2012, en comparación con los 4,6 gramos de 2006. Un informe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU (CDC) encontró que los niveles en sangre de ácidos grasos 'trans' en adultos estadounidenses había reducido en un 58% entre 2000 y 2009.
Sin embargo, las grasas no llegaron a ser prohibidas y todavía muchos alimentos procesados las incluyen, por ejemplo, en las palomitas de microondas, algunos postres, pizzas congeladas y margarinas. "Se trata de evitar la exposición a esta sustancia química tan nociva, que la mayoría de las veces ni el consumidor sabe que la está ingiriendo", argumentan los expertos en un artículo publicado este jueves en 'The New York Times'.
Esto se debe a que sólo existe obligación de reconocer en las etiquetas la presencia de las 'trans' si hay más de medio gramo por porción, una pequeña cantidad que puede aumentar rápidamente y dar lugar a mayores probabilidades de infarto. "Con dos o tres gramos de grasas 'trans' al día, incrementa el riesgo para la salud", señalan los especialistas. Las medidas de restricción en este sentido ahorrarán una cantidad enorme de los costes sanitarios y evitarán un importante números de infartos.
Fuente: El Mundo

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Los Timos de la industria alimentaria

Más Sobre el "Mundo Light"

La Industria Alimentaria, cada vez más y más acorraladas por los nuevos descubrimientos y el aumento de las tendencias "sanas", recurre a numerosos trucos que no hacen sino esconder tras una apariencia "light" todo un mundo de agresiones a nuestro organismo. Estas son algunas de las triquiñuelas:

1. Bajo en grasa o sin grasa.
Uno de los efectos secundarios de la “guerra” contra la grasa consiste en la gran cantidad de productos elaborados con cantidades reducidas de grasa. Estos productos suelen tener etiquetas tales como “bajo en grasa”, “reducido en grasa” o “sin grasa”, sin que sean saludables en absoluto. A los alimentos que se les extrae la grasa se les queda un sabor a cartón poco agradable y casi nadie los come con gusto.
Por esta razón, estos alimentos están generalmente cargados de azúcar, edulcorantes artificiales u otros productos químicos no naturales. Ahora sabemos que cierto tipo de grasa es inofensiva e incluso necesaria, y que el azúcar es uno de los enemigos más peligrosos que existen para nuestra salud, como ya hemos visto en artículos anteriores. Por tanto, esto significa que los alimentos “bajos en grasa” suelen ser mucho peores que sus homólogos “normales”.
Nuestra recomendación: no compre un producto que contenga en su etiqueta las palabras “bajo en grasa” o cualquier otra expresión similar. Lo más probable es que sea aún peor para su salud que la propia grasa.

2. Libre de grasas trans. (un tipo de ácido graso insaturado que se encuentra principalmente en alimentos industrializados que han sido sometidos a hidrogenación o al horneado -como los pasteles, entre otros-. También se encuentran de forma natural en pequeñas cantidades en la leche y la grasa corporal de los rumiantes. Los ácidos grasos trans no sólo aumentan la concentración de lipoproteínas de baja densidad (LDL) en la sangre sino que disminuyen las lipoproteínas de alta densidad (HDL, responsables de transportar lo que llamamos el "colesterol bueno"), provocando un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares)
Los alimentos procesados ​​suelen contener en su etiqueta algo parecido a la frase “libre de grasas trans”. Pero esto no tiene por qué ser cierto. Siempre que un producto contenga menos de 0.5 gramos de grasas trans por porción, tienen permitido poner esta frase en la etiqueta. Asegúrate de revisar la lista de ingredientes porque si aparece la palabra “hidrogenado” en cualquier parte de la etiqueta, entonces contiene grasas trans. En realidad, no es raro encontrar grasas hidrogenadas en los productos que están etiquetados como libres de grasas trans.
Nuestra recomendación: Evite todo lo que contenga la palabra “hidrogenado”.

3. Incluye granos enteros.
En las últimas décadas, nos han bombardeado con estudios en los que se confirma que los granos enteros se encuentran entre los alimentos más saludables que podemos comer. Y estamos totalmente de acuerdo.
Dicho esto, los alimentos procesados, ​​como los cereales, a menudo afirman que incluyen granos enteros. El problema radica en que estos granos enteros no forman parte de este alimento de una forma íntegra ya que los granos se han pulverizado en harina muy fina.
Por tanto, puede que contengan todos los ingredientes de los cereales, pero la resistencia a la digestión rápida la han perdido y estos granos puede producir el temido pico de azúcar en sangre tan rápido como sus “hermanos” los cereales refinados.
Además, aunque un producto contenga pequeñas cantidades de granos enteros, lo más probable es que también presenten una gran cantidad de otros ingredientes muy perjudiciales como el azúcar o el jarabe de maíz alto en fructosa.

4. Sin gluten.
Llevar una dieta libre de gluten está muy de moda actualmente. Un reciente informe dice que casi 1/4 de los europeos están actualmente siguiendo una dieta sin gluten o tratando activamente de restringir el gluten.
Sin embargo, los productos etiquetados como “sin gluten” no son saludables. Estos alimentos generalmente están hechos de almidones muy refinados con alto índice glucémico como el almidón de maíz, el almidón de patata, el almidón de tapioca, etc…
Comer sin gluten debe basarse en alimentos que verdaderamente no contengan gluten. No en productos alimenticios que se les ha extraído el gluten.
Nuestra recomendación: Los llamados productos “sin gluten” suelen estar cargados de ingredientes poco saludables. Evitalos y come comida de verdad en su lugar.

5. Poco azúcar.
Desafortunadamente, la mayoría de la gente ni siquiera lee la lista de ingredientes antes de hacer una compra. Pero incluso para aquellos que lo hacen, los fabricantes de alimentos todavía tienen maneras de ocultar el verdadero contenido de sus productos. En las listas de ingredientes, el que aporta mayor cantidad aparece en primer lugar y así sucesivamente. Cuando ves el azúcar en los primeros lugares, sabes que el producto está cargado de azúcar.
Sin embargo, los fabricantes de alimentos a menudo ponen diferentes tipos de azúcar en sus productos. Un alimento puede contener “azúcar”, “jarabe de maíz alto en fructosa“, “jarabe de glucosa”,… pero todos estos nombres diferentes son lo mismo… ¡azúcar!
De esta manera, pueden conseguir poner en primer lugar de la lista de ingredientes otro que suene más saludable, pero si sumas las cantidades de todos esos sucedáneos de azúcar ganarán por goleada. Se trata de una forma inteligente de enmascarar la verdadera cantidad de azúcar refinada en los alimentos procesados.
Nuestra recomendación: Asegúrate de verificar si un producto contiene más de un tipo de azúcar ya que en ese caso será un producto azucarado en exceso.

6. Calorías por porción.
Las calorías reales y el contenido de azúcar de los productos se ocultan a menudo modificando el verdadero tamaño de una porción. Por ejemplo, una barrita de chocolate o un vaso de Coca Cola son dos porciones. La mayoría de las personas no se detienen cuando se han terminado la mitad, se beben el vaso entero y se comen todo el chocolate. Y eso si no les da por repetir.
Sin embargo, el fabricante de alimentos puede usar esto a su favor y decir que sus productos contienen esas calorías por porción. Al leer las etiquetas, comprueba el número de porciones que contiene el producto. Si contiene 2 porciones y hay 200 calorías por porción, entonces el producto entero contiene 400 calorías.
Por ejemplo, la etiqueta de la botella de medio litro de Coca Cola dice que tiene 100 calorías y 27 gramos de azúcar por porción, pero la botella entera contiene 3 porciones. Por lo que el total es de 300 calorías y 71 gramos de azúcar.
Nuestra recomendación: Si no tienes más remedio que consumir estos productos, asegúrate de verificar el número de porciones en la etiqueta, multiplicando el total de azúcar y calorías por el número de porciones para encontrar la cantidad total en el producto.

7. Con sabor a frutas.



Muchos alimentos procesados ​​tienen un sabor que parece natural. Por ejemplo, cuando vemos una bebida con “sabor a naranja”, en realidad, no hay naranjas de verdad en el producto.
El sabor dulce se consigue a partir de azúcar y saborizantes con sabor a naranja procedentes de productos químicos tremendamente refinados que estimulan los mismos receptores del sabor en la boca que las naranjas.
El hecho de que un producto tenga sabor a un determinado alimento no significa que ese alimento se encuentre de verdad en el producto.
Nuestra recomendación: El hecho de que un producto tenga el sabor de algunos alimentos naturales, no significa que estén presentes en realidad en el producto.

8. Pequeñas cantidades de ingredientes saludables.
A menudo, en los productos procesados ​​se pretendía incluir pequeñas cantidades de ingredientes que son comúnmente considerados sanos y saludables. Esto no es sino un truco de marketing. Por lo general, las cantidades de estos nutrientes son insignificantes y no consiguen compensar los efectos perjudiciales del resto de ingredientes.
De esta manera, las multinacionales pueden engañar a los padres haciéndoles creer que están realizando elecciones saludables para la familia. Algunos ejemplos de ingredientes agregados a menudo en pequeñas cantidades y de manera destacada en los productos son los Omega-3, los antioxidantes y los granos enteros.
Nuestra recomendación: Los fabricantes de alimentos ponen a menudo pequeñas cantidades de ingredientes saludables en sus productos para engañar a la gente haciéndoles creer todo el contenido es "saludable".

9. Sin ingredientes nocivos.
Muchas personas afirman tener reacciones adversas a ciertos alimentos e ingredientes, y prefieren evitarlos. Sin embargo, los fabricantes de alimentos esconden estos ingredientes problemáticos, refiriéndose a ellos con nombres técnicos que la gente no conoce.
Por ejemplo, en Europa, el glutamato monosódico puede ser llamado E-621 y el carragenato puede ser llamado E-407. Lo mismo puede decirse de muchos tipos de azúcar, como el “jugo de caña evaporado”.
Nuestra recomendación: Los fabricantes de alimentos a menudo esconden el nombre de algunos ingredientes polémicos llamándolos de otra forma.

10. Comida rápida baja en carbohidratos.
Las dietas bajas en carbohidratos son muy populares desde hace décadas. Los fabricantes de alimentos se subieron al carro y comenzaron a ofrecer una gran variedad de productos bajos en carbohidratos. El problema con estos alimentos es el mismo que con los alimentos “bajos en grasa”, que no son nada saludables.
Existen ejemplos de pan bajo en hidratos de carbono y otros productos que contienen muchos más carbohidratos que lo que declara la etiqueta.
Nuestra recomendación: Los productos “bajos en carbohidratos” son a menudo altamente procesados ​​y elaborados con ingredientes muy poco saludables.

11. Bebidas con cero calorías.
Los fabricantes de refrescos ofrecen bebidas con cero calorías como alternativas saludables para las personas que quieren perder peso. Estos productos se comercializan a menudo como si realmente funcionaran. Sin embargo, estas bebidas generalmente contienen edulcorantes artificiales en lugar de azúcar.
Las investigaciones no admiten la idea de que la sustitución de las bebidas endulzadas con azúcar frente a las bebidas endulzadas artificialmente conduzca a la pérdida de peso. La relación entre los edulcorantes artificiales y el peso es compleja, pero estos edulcorantes pueden alcanzar el subconsciente de las personas -como vimos en otro artículo anterior- y aumentar la ingesta de alimentos haciendo que consuman más.
Nuestra recomendación: No consumas estos productos si lo puedes evitar.

-Mensaje final-
Por supuesto, lo mejor es evitar los alimentos procesados ​​por completo y comer alimentos de verdad en su lugar. De esa manera no tendrás que preocuparte de las etiquetas ni de las listas de ingredientes.
La comida de verdad no necesita lista de ingredientes... porque es en sí misma un ingrediente.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Fructosa: un mundo nada "light"


El azúcar es adictivo, se le relaciona abierta y directamente -como ya hemos visto en artículos anteriores- con el cáncer y la diabetes y, para más "INRI", se oculta en los mal llamados "productos saludables y/o dietéticos". Tremendo.

Hoy por hoy, de acuerdo con estudios realizados en Europa, nuestra sociedad ingiere en azúcares el equivalente a  entre 20 y 34 cucharadas. O dicho de otro modo, unos 120/140 gramos por cabeza, niños incluidos. Y se trata de estudios muy, muy conservadores, porque los más abiertos y radicales nos dan unas cifras infinitamente más catastróficas.

Pero quienes me leen se preguntarán "¿y que se puede contar de nuevo sobre el tema... que no sepamos ya y que nos vaya a convencer para salir de la "adicción blanca"? Mi respuesta: sigan leyendo...

La mayor parte del azúcar que se consume no proviene del sobrecito de la cafetería, ni del cacharrito que hay en la cocina, ni de ningún sitio tan evidente como los mencionados. No. El mayor porcentaje de veneno blanco ingerido proviene de los alimentos procesados tales como las salsas preparadas, los cereales del desayuno, los yogures, los preparados para ensaladas y similares, el ketchup, o las bebidas "light". Total nada. El enemigo en casa... y por todas partes.

Sin embargo, a día de hoy, cada vez aparecen más y más científicos cuyos estudios demuestran que no es la grasa sino el azúcar -y en particular la fructosa, que constituye la mitad de lo consumido- lo que está provocando el inmenso problema de la dieta occidental. No solamente engorda, sino que está unida -comprobado científicamente- con la Diabetes tipo 2, la hipertensión, el cáncer de vejiga, el detrimento de las funciones cognitivas, el envejecimiento de nuestra piel, la depresión del sistema inmunológico y los problemas renales. Vamos bien...


Un estudio reciente de la Universidad de Yale ha señalado al azúcar como el causante de importantes daños hepáticos -incluso aunque no exista obesidad-, derivados del hecho de que ella misma nos hace seguirla consumiendo, en tanto en cuanto que no "enciende" el sistema de control del apetito.

Hay más. Hace exactamente 15 días, un informe de la prestigiosa Credit Suisse sugirió que el 80% de los médicos ya relacionan directamente el consumo de azúcar con la obesidad y la Diabetes tipo 2. De hecho existen más de 3.500 publicaciones y estudios científicos -disponibles para cualquiera- apoyando esta teoría.

Y todavía más: la Organización Mundial de la Salud va a revisar su recomendación de que el 10% de nuestra ingesta calórica diaria haya que proceder del azúcar, si bien es cierto que quizá esta decisión no llegue a tomarse debido a las presiones de dimensiones bíblicas que le llegarán al organismo por parte de la Industria Alimentaria y sus contactos con los científicos vendidos a comités relacionados con Salud y Nutrición, dependientes de los diferentes gobiernos (sobre todo, claro está, occidentales -sin excluir a la "capitalistamunista" China-). Iremos viendo.

En realidad el cambio deber proceder de la base de la sociedad con, por ejemplo, ciudadanos abandonando el azúcar (no entro aquí en más cosas que tendrían que dejar) y presionando para que tanto gobiernos como fabricantes reduzcan -para empezar- el contenido en azúcar, tal y como ya está sucediendo en Australia. Allí, por ley, se revisa y obliga a moderar y/o eliminar el contenido en azúcar de los alimentos procesados, además de informar sobre ello.

Como resultado del proceso que ha llevado a un aumento de más del 40% en el consumo de azúcar desde los años 60 en la mayoría de los países occidentales, el ciudadano "captado" por el azúcar suele pesar, como promedio, un 6% más de lo que debiera, con notables cambios de humor y letargia.

Este aumento en el consumo viene apoyado, como ya hemos apuntado al principio, por las propias "comidas saludables" del estilo de los cereales para desayunar -por ejemplo-. Algunos de estos productos, aparentemente amigos de nuestro organismo, llegan a contener el equivalente a 16 cucharadas de azúcar -por no hablar del resto de aditivos presentes, como colorantes y similares, sobre todo en los destinados al consumidor infantil-. Incluso algunas marcas logran estar apoyadas por asociaciones y fundaciones de carácter sanitario o cercano a estas.
Las famosas barritas de cereales no son sino un cúmulo brutal de azúcares añadidos, a las cuales les podemos sumar las bebidas estilo colas y energéticas. Las salsas barbacoa y compañía son mitad azúcar y mitad grasa -no siempre de la óptima-, mientras que las mayonesas para "dieta" y/o "adelgazamiento" cuentan hasta con un 22% de contenido en azúcar... y hay personas que consumen todo bajo capas y capas de estas salsas.

Pero vamos más allá.

Además de descubrir que los propios alimentos saludables y aliados de la causa "light" no son sino absolutos agresores de nuestro organismo, intentar abandonar su consumo, esto es, el azúcar... se vuelve complicado, máxime cuando el proceso comienza con un genuino "síndrome de abstinencia". Como suena.

Algunos de los síntomas por los que los consumidores azucareros pasan son, entre otros:

  • prolongados dolores de cabeza -zona frontal-
  • ascenso de la temperatura durante los primeros días -como si se tratase de gripe-
  • aparición de depresión
  • deseo irrefrenable de ingerir cualquier cosa dulce o beber litros de refrescos azucarados
  • cambios de humor...

Todo este cuadro puede abarcar un período de que va desde varias semanas a varios meses -dependiendo siempre del grado de "enganche"- y como curiosidad decir que, debido a su fisiología -según parece-, las mujeres sufren de un modo más acentuado este síndrome de abstinencia.

Una vez que se ha sobrepasado la fase de "retirada", todo se vuelve más fácil. La comida recupera su verdadero y completo sabor en nuestro paladar, mientras que el deseo por consumir las famosas bebidas se transforma en rechazo. El peso desciende a razón de algo más de 1 Kg por semana, sin gimnasios ni ejercicios específicos y sin introducir más cambios en nuestras vidas. El olfato vuelve y se hace mucho más agudo en lo que a aromas dulces respecta.

Si ya es malo el azúcar blanquilla o sacarosa -recordemos su composición de glucosa y fructosa-, este segundo "amigo" de la ecuación que muchas veces se emplea como sustitutivo, procedente de frutas y vegetales, la fructosa, no le va a la zaga pues, a diferencia de la primera, ésta se envía directamente al hígado y es procesada como grasa. Además, recientes estudios de la Universidad de Yale han demostrado que la fructosa interfiere con la hormona leptina, que es la que regula nuestro apetito y, como consecuencia, no activa la zona de nuestro cerebro que nos dice cuándo parar de comer porque estamos "llenos".
La fructosa resulta "invisible" a ojos de los sistemas de control del apetito, con lo cual podemos concluir que si una gran parte de lo que consumimos ni siquiera se registra, una caloría no será sólo una caloría. Si bebemos una vaso de cola o un vaso de leche con el mismo número de calorías, nos sentiremos más llenos con el segundo debido a que nuestro cuerpo recuenta las calorías de su grasa y lactosa, mientras que sólo lo hace con la mitad de las presentes en el refresco -lo cual nos lleva a seguir consumiendo más y más-.

La fructosa no constituye ninguna ayuda, sino todo lo contrario: cuando la ingerimos -como ya hemos visto- es tratada como grasa por el hígado y, además, al tener que ser metabolizada por éste -por contra a la glucosa-, su descomposición es muy lenta. Esto que puede parecer óptimo no es sino una trampa muy peligrosa, pues nuestro cuerpo -que, recordemos, no la ha logrado identificar- seguirá metabolizando gran parte del resto de nuestra comida en glucosa, a la cual se añadirá la procedente de la fructosa, que lo hará sin prisa pero sin pausa... y todo ello lleva a elevar durante mucho tiempo el nivel total de glucosa en sangre y, por tanto, el sobre esfuerzo al que sometemos al páncreas es... surrealista.


¿El proceso? "Cuando la fructosa llega al hígado, éste detiene su actividad habitual para dedicarse en exclusiva a la metabolización de la fructosa. Ello causa un cese en la actividad digestiva habitual del organismo, llevando a niveles más elevados de ghrelina  (hormona sintetizada en el estómago que estimula la secreción de la hormona del crecimiento) en sangre y reduciendo los niveles de insulina y leptina. Como la insulina y la leptina inhiben el apetito y la ghrelina lo incrementa, la ingesta de fructosa no sacia el apetito y el individuo se ve forzado a ingerir más alimentos, en muchos casos conteniendo también fructosa. De esta forma, la fructosa se ha ligado a la obesidad" (William J. Whelan, D.Sc., FRS. Professor, Department of Biochemistry and Molecular Biology)
Y no olvidemos que el proceso de metabolización de la fructosa lleva a la aparición de ácido úrico, responsable de la gota... Súmen y sigan. Malo, intrínsecamente malo, pero es que encima se les recomienda a los pacientes diabéticos... Increíble.

Muchos científicos y médicos admiten ya abiertamente el poder adictivo del azúcar -de ahí los síntomas del síndrome de abstinencia-, y la fructosa provoca unos efectos en el centro de "recompensa" cerebral similares a los del alcohol, de tal modo que obliga al consumidor a continuar con su ingestión para poder seguir reproduciendo dichos efectos.

Investigadores de la Universidad de Princeton han demostrado mediante experimentación con ratas que una solución de azúcar al 10% -aproximadamente lo que contiene un refresco- puede ser tan adictiva como la heroína o el crack, pues conduce a una tremenda descarga de dopamina en el cerebro.

Algunas voces siguen afirmando con desesperación que todos necesitamos ciertas cantidades de azúcar en nuestra dieta, lo cual es radicalmente falso. No es más que otra programación por parte de las partes interesadas en que el mercado prosiga su brutal camino. Se puede vivir perfectamente sin ingerir este "veneno blanco".
Es cierto que nuestro cerebro necesita glucosa para funcionar, pero su origen no tiene por qué ser el azúcar. Nuestro cuerpo convierte prácticamente cualquier cosa que ingerimos en glucosa. Así de sencillo. Bioquímica pura y dura. Las únicas personas que podrían necesitar azúcar serían -por razones obvias- los corredores de maratón o deportistas entregados a ejercicios intensísimos y demoledores por su desgaste. Y no siempre.

Resumiendo...

Solamente con unos pequeños reajustes en nuestras costumbres alimentarias podemos encontrar formas alternativas de nutrirnos, sabedores de las consecuencias de no hacerlo... pero sin abrazar a ciegas el mundo "light" o "saludable", plagado de engaños y trampas. Atentos.


Bibliografía y fuentes:

  • Forristal, Linda (Otoño de 2001). "The Murky World of High-Fructose Corn Syrup"
  • Teff, KL; Elliott SS, Tschöp M, Kieffer TJ, Rader D, Heiman M, Townsend RR, Keim NL, D'Alessio D, Havel PJ (Junio de 2004). "Dietary fructose reduces circulating insulin and leptin, attenuates postprandial suppression of ghrelin, and increases triglycerides in women".
  • Levi, B; Werman MJ (1998). El texto completo: "Long-term fructose consumption accelerates glycation and several age-related variables in male rats
  • Melanson, K. y varios autores (2006). "Eating Rate and Satiation.". Obesity Society (NAASO) 2006 Annual Meeting, October 20–24,Hynes Convention Center, Boston, Massachusetts.
  • Procesos metabólicos de la fructosa y funcionamiento hepático, William J. Whelan, D.Sc., Escuela Miller de Medicina
  • "Study suggests effect of fructose on brain may promote overeating", University of Yale (2013)